Repasando la historia

Repasando la historia

Aquellos que comenzamos a hurgar en el pasado terrestre en busca de luz y tesoros escondidos nos encontramos una y otra vez con una simbología recurrente. Independiente del tiempo y latitud todas estas culturas manifiestan un patrón similar de creación artística. Ideas y pensamientos que surgen de una mente intuitiva, una mente que despliega su conciencia divina e ilimitada. En contraste se denuncian otras que se han destacado por sus siniestras administraciones y que han gravado en la conciencia colectiva el miedo que la mantiene dormida. Y es que nos encontramos en un mundo de polaridad, una condición imprescindible para posibilitar la elección, aunque hay que reconocer que el miedo lleva la delantera debilitado la conciencia humana que ahora se encuentra casi a la deriva, en un planeta colapsado por el abuso.

Somos humanos evolucionando en ritmos cotidianos, los mismos que observaba Aristóteles, afirmando que éstos contenían la Eterna Sabiduría. Ciclos que se continúan unos a otros sin apuro ni pérdida, reafirmando, con ello, que la esencia del todo está en la naturaleza.

También la cultura Egipcia nos ha legado un conocimiento que hoy se ha actualizado, ellos afirmaban la importancia de poseer un corazón inteligente, o más bien que el corazón posee la cualidad de la sabiduría. Ellos hacían una clara diferencia entre el cuerpo y el espíritu del individuo, y la importancia de su integración y sincronía. Si bien Aristóteles surge como un pensador libre, que sin ser religioso se suma y explora el mundo espiritual buscando la escencia del hombre y concluyendo que ésta se encuentra en la sabia y la conciencia que la origina, o sea que en su corazón yace su creador.

Si hacemos un paralelo de este conocimiento olvidado y el conocimiento adquirido en los inicios del 2000 a través de la mecánica cuántica, podemos decir que el corazón dócil o el cáliz equivalen al traje bioquímico (cuerpo y mente) y el señor Dios y sus mensajes celestes no son más que la conciencia suprema o el observador del que hablan los físicos actuales.

Y es que muchos de los temas que decoran las bóvedas de catedrales y templos religiosos de diversas culturas nos expresan la idea del Ser dual, conformado por el cuerpo físico y su correspondiente espiritual, acentuando la importancia de la voluntad en la armonización de ambos, de tal forma que sin apagar la energía inherente al cuerpo, ésta sea puesta al servicio de su conciencia espiritual para lograr la plenitud de su manifestación como ser humano.

Vemos que nuestros antepasados humanos que manejaban conocimiento elevado se esforzaron para que éste llegara hasta nuestros días, nos querían mostrar la importancia de que conciencia se integrara y no se dividiera y apagara debido a enseñanzas religiosas que han tergiversado verdades relacionando espiritualidad con religiosidad y que solo para mantener el “mal” a raya utiliza normas estrictas que impiden precisamente la expresión genuina del hombre y los sentimientos de su corazón.

El Cristo histórico, legado espiritual nacido en Oriente y aceptado y acogido en Occidente, es el mejor ejemplo de la dualidad y la unificación de ésta. Él mismo la compara con una semilla que brota y da frutos de amor puro e ilimitado realizando con ello al verdadero “Ser humano”.

Cristo, el hijo de un Dios universal, enseñó que somos hermanos e hijos de un mismo padre. Enseñó un mensaje de amor sublime, un amor desconocido por el humano de todas las épocas y dio muestras irrefutables del poder que se obtiene al activarlo. Concebido hijo de un Padre Celestial que de tal modo ama al hombre que envía a su hijo para rescatarlo de su ignorancia, quién inevitablemente muere en manos de sus hermanos ignorantes.

Sin comprender el mensaje de Cristo, que nuevamente evidencia la importancia de la nobleza del corazón y el poder que reside en éste, el hombre ha manipulado su palabra y su enseñanza utilizándolo como objeto de conflictos y guerra alrededor del planeta. Aún ahora, después de 2000 años de su venida, somos testigos del desamor de los hijos de Dios que siguen ignorando el poder del amor divino para ir en pos de un poder terreno inherente a su codicia y que utiliza para destruirse mutuamente.

Para unificarnos alrededor de este planeta no tenemos que olvidar que coincidentemente este Cristo, que da vida a la religión occidental, nace y se desarrolla en el Oriente Medio, cuna de antiguas y misteriosas civilizaciones, donde el conocimiento hermético espera ser descubierto por una humanidad desprovista de corazón, el corazón que le abra las puertas de la conciencia y la sabiduría.

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