La puerta personal

La puerta personal

Considerando lo anterior es posible visualizar una verdad contenida por tiempos y civilizaciones diversas, conocimiento que solo puede surgir de la fuente original y primigenia de la creación, una mente omnisciente que se encuentra fuera del alcance de los sentidos corporales humanos, visible tan solo para el espíritu y canalizada por el “corazón”.

Nos encontramos con un Dios al que se puede contactar desde un pasadizo interior que solo abre el amor, concluyendo así, que una verdad eterna y universal no puede ser privilegio de unos pocos y escogidos, si es una verdad inherente al ser y contenida por éste, es entonces una elección personal, abrir “aquella” puerta.

Cada corriente filosófica o religiosa que se origina en un corazón humilde es una puerta que se ha abierto y por tanto contiene la semilla de la conciencia verdadera, es el individuo que en su egoísmo la desvirtúa, la limita y la hace letra muerta ahogando todo espíritu de verdad que pueda contener.

Esta claro que a Dios no se lo encuentra por la materia, más bien de la forma que Cristo enseñó, por el camino del amor, un amor indescifrable aún por el hombre terrenal, y se comunica con el cielo por un pasadizo interno, inalcanzable para aquel que vive en total confusión, donde los conflictos son lo cotidiano, incluso entre quienes hablan la misma lengua, y que no busca ni se provee del silencio necesario para encontrar el portal.

No solo el idioma separa al hombre de sus congéneres y de sí mismo, si no una suerte de hipocresía que le impide decirse y comunicar su verdad. La mente colectiva lo domina y en la necesidad de mantenerse en comunidad se reprime y no dice lo que su corazón verdaderamente siente, con el tiempo se desasocia de su corazón y los impulsos que vienen de el se acallan hasta la enfermedad.

Sin embargo, surge la esperanza en medio de la desintegración. Y es que la familia humana está despertándo a su verdad. Los mismos que están abriendo y traspasando el portal hacia su divinidad están rescatando luz para todos.

Por Marisol Stevens

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